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Caminaba con un amigo en época de navidad, por el intenso centro tucumano en busca de un transformador. Para esas fechas, las calles desbordan de enajenados personajes con fiebre de compras. Las políticas del municipio ordenan como lo hacen año a año, ensanchar las veredas con anarajadas cadenas plásticas que humanizan la ciudad sacando al automóvil de ella. Calle Maipú no escapa al hormigueo de contingentes de tucumanos que caminan en todos los sentidos, incluso en los impensados y menos imaginados. En este cuadro de gentes, de imágenes infinitas, infernales, de sonidos y olores diversos, ameritan mención no menos estelar, los vendedores de vereda. El escenario es igual en cualquier ciudad del norte argentino.
Pasaba cerca de uno de estos vendedores, cuando una mujer gritó enojada. Alguien le había salpicado agua. Desde las profundidades de lo anónimo de la masa humana informe, llegó a mi oído en clara tonada tucumana la réplica masculina:
-¡Como si nunca te’an mojao de parada mamila!
Matias Texerina